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Friday, August 30, 2013

DEME UN VIAJE: EL AGUADOR EN LA EPOCA DE LA COLONIA

DEME UN VIAJE!



En los albores de la colonia, desde España, se dictaron reglamentos sobre la forma en que se configurarían los nuevos asentamientos poblacionales de los pueblos conquistados y  las condiciones higiénicas que estos requerirían.  Las Ordenanzas de Población de Las Leyes de Indias decían: “Que el terreno y cercanía sea abundante y sano; y el mas fútil, abundante de pastos, leña, madera, metales y agua dulce.  Aguas muchas y buenas para regar”.  Y así, cuando Lima fue fundada, Pizarro se preocupó de que estas ordenanzas se materializaran en la nueva colonia.  En el año 1551, la Corte expidió las llamadas “27 Ordenanzas de Lima” para el gobierno de la capital peruana; y en ella se reitera la prohibición de lavar y de dar de beber a los caballos en el río, y de echar inmundicias, porque en esta ciudad no hay fuentes donde la gente beba, sino que todos beben en el río”. (“Higiene Ambiental en el Perú Colonial, Biblioteca Virtual, UNMSM). Ya en las Ordenanzas de Toledo, dictadas entre 1572 y 1574, se incluyen reglas de higiene que tienen que ver con el agua pública que viene y va a la ciudad, así como reglas para la utilización y limpieza de las acequias.
Cuando recién se fundó Lima, la gente se abastecía de agua hiendo, o en el caso de la gente más pudiente, mandando a sus sirvientes con grandes tinajones de barro para recoger agua del río.  Más adelante, durante la época de la esclavitud, los amos mandaban a sus esclavos a colectar agua cristalina de las vertientes cercanas como el Canal de Huatica, Magdalena, La Legua, Maranga o la de Piedra Lisa, que recibía su caudal al pie del Cerro san Cristóbal.  Posteriormente, los negros libertos y los esclavos que tenían el permiso de sus amos, se asociaron en un gremio u organización artesanal al que se le nombró el gremio de los aguadores o repartidores de agua.  Estos tenían que pagar cuatro pesos al alcalde al incorporarse a esta organización; pago que serviría  para destinarlo a los fondos de la Asociación.  Semanalmente, este fondo se incrementaba con el pago de una cuota de un real de plata.  Ellos cobraban medio real de plata por “cada viaje”, que consistía en el transporte de dos barriles o pipas.  Hay veces subían sus precios indiscriminadamente, según la demanda.  Según Jorge Basadre, entre los gremios y ocupaciones que pagaban patente registrada en Lima en 1833, estaban los aguadores, con una acotación semestral de 25,400 pesos.  Sólo los aguadores de la Plaza Mayor, llegaban a acumular una acotación semestral de 60 pesos.
Dice Don Ricardo Palma, que eran tremendos lisureros y que las madres acostumbraban decir a los niños lisos: “Callen niños, que por las lisuras parecen aguadores”.
Los aguadores se anunciaban con el tintineo de una campana que sonaba a cada paso del asno, y según se dice en la Tradición de los Pregones de Lima, acostumbraban a repartir el liquido elemento a las 9 de la mañana; hora de los canónigos.  Dicen que la gente los recibía pidiéndole: “Aguador dame un viaje” (un viaje consistía en dos barriles de agua). Se convirtieron, así, en los primeros monopolizadores del sistema de distribución de agua.  Tenían que estar registrados en una parroquia para poder desempeñar la tarea de transportar agua a los vecindarios.
Habían dos clases de aguadores: los que iban a pie y los que iban en burro.  El burro era llamado también “piajeno”, lo cual significa estar montado sobre un pie ajeno al de uno.
Durante la época de la colonia, las principales fuentes de agua eran los ríos, vertientes cercanas y lagunas.  Se aprovecharon también los recursos subterráneos, conocidos como “viajes de agua”; algunos de los que llegaron a tener longitudes superiores a los 14 Kms. y de los cuales se distribuía agua a las fuentes.  Se colectó también el agua de las lluvias en manantiales, y se construyeron acequias con el fin de evitar que el agua de la lluvia pasara de las lomas a la plaza.  Las piletas públicas eran abastecidas por los ríos a través de tubos hechos con barro.
Según Don Ricardo Palma, la primera pila de agua se instaló en 1564 en la Plaza Mayor, y fue construida de roca maciza.  Estaba abastecida por acueductos revestidos de cal y ladrillos, que se alimentaban de manantiales situados 6 Kms. más arriba de la capital, y que fueron construidos por el cabildo de Lima.
En los años que siguieron, se fueron acrecentando el número de piletas; e inclusive, algunas casas contaban con pileta propia.  Estas fuentes tenían unos caños y el agua llegaba a ellas utilizando el sistema de inclinación de los terrenos. 
En 1651, el Virrey Don García Sarmiento de Sotomayor, ordenó la construcción de la fuente de bronce que hasta hoy existe en la Plaza de Armas de Lima.  De esta fuente se proveían los aguadores.  A raíz de unas excavaciones arqueológicas, en 1996, se descubrieron las cañerías que alimentaban a las piletas.
Cada quince días, los aguadores tenían la obligación de atrapar y matar a todos los perros de la vecindad que no tuviesen collarín.  Esto lo hacían dándoles con un garrote que tenía el extremo superior reforzado en plomo.  Era de ver la tremenda carnicería que quedaba en estos días.  Para evitar esto, los dueños tenían que pagar por el collarín, dos pesos anuales, renovables en diciembre.  Con el tiempo se reemplazó esta práctica por la del bocado envenenado.
Dice Don Ricardo Palma, que con el tiempo, el gremio de los aguadores se volvió una potencia política, y que el alcalde que contaba con el apoyo de este gremio, tenía asegurado su triunfo en las elecciones parroquiales.  Ninguno del gremio se atrevía a contradecir al alcalde.  Todos los sábados, a las tres de la tarde, se reunían en la plaza, para que el alcalde les pasase lista, y luego hacían una junta para discutir sus asuntos. Ellos nunca respetaban las decisiones de las mesas distritales de sufragio si no les convenía el partido ganador; y si es posible, se defendían repartiendo garrotazos sobre los ocupantes de la plaza.  Como a eso de las 4 o 5 de la tarde del sábado, los aguadores estaban obligados a regar la Plaza Mayor y las plazuelas de San Francisco, Santo Domingo, La Merced, y San Agustín.  El patrón del gremio era San Benito, y lo festejaban anualmente en la Iglesia de San Francisco. 
Los aguadores fueron también los primeros bomberos de la Lima Colonial, y acudían al llamado de los incendios, al oír el repique de las campanas de la Iglesia.  Era de verlos con sus camisetas y pantalones de montar y sus sombreros, y con sus barriles de lata o madera amarrados a un cordel. Posteriormente, los gremios de carpinteros, barberos y autoridades civiles, también participaron en esta labor.
Con el incremento de la población y el progreso de la ciudad, Lima fue dotada de un sistema de acequias abiertas, por las que corría agua que arrastraba la basura de casas y calles, y que desembocaban en el río.  Se dice  que este sistema de desagüe primitivo subsistió en Lima hasta bien entrada La República, y que se constituyó en uno de los principales focos de infección y propagación de enfermedades.  Hay que recordar, también, que las acequias recibían los excrementos de los caballos que pasaban encima de ellas.  El control sanitario de la dotación de alimentos, también fue muy deficiente.  En 1790, bajo el gobierno del Virrey de Taboada, se instituyó una política de higiene ciudadana, y se utilizaron los carritos de basura, se construyeron silos dentro de las casas y se suprimieron las acequias insalubres.
La colección de agua en las denominadas pipas o barriles de los aguadores, propició el alojamiento de larvas y mosquitos dentro de ellos, con la consecuente transmisión de enfermedades.  En el año 1903, y debido a la descuidada política de higiene ambiental, se produjo una epidemia de Peste Bubónica que adopto características endémicas hasta 1930.  En 1919 se produjo un brote de fiebre amarilla en la Costa Norte; el cual interesantemente se controló, introduciendo en los barriles, pozos y pilas bautismales, la crianza de un pez de río que se comía las larvas de los mosquitos.
Con respecto a los aguadores, el gremio fue abolido por el artículo 23 de la Constitución de 1860, que establece que podía ejercerse libremente todo oficio, industria o profesión que no se opusiera a la moral o a la salud, ni a la seguridad publica.  Así, se suprimieron  las contribuciones o permisos para el trabajo de aquellos.  Esta práctica dejó a los trabajadores a merced de quien los empleara.  Así, Manuel Atanasio Fuentes, en su Guía del Viajero en Lima, en la Estadística de Lima de 1859,  mencionó    que existían por ese entonces, sólo 348 aguadores a pesar de que más de 10,000 casas de las 11,200 existentes, no tenían contrato para recibir agua a través de las cañerías.  Con el tiempo se fue dotando a las casas de cañerías propias, y el servicio de los aguadores se suprimió del todo.
En algunos centros poblados de provincias y en los pueblos jóvenes de Lima, todavía subsiste la distribución del agua en barriles.  La gente todavía se baña en los ríos  y se usan los silos y las acequias expuestas; propiciando las enfermedades y el abuso en el cobro de este líquido vital.
Hoy en día la dotación de agua, sobretodo en las zonas andinas, sigue siendo muy deficiente, y hay 7 millones de peruanos que no están conectados al servicio de agua potable y de alcantarillado; servicios que son importantes para la disminución de las enfermedades.  El 92% de agua dulce del Perú es consumida por la agricultura y ganadería, influyendo en esto las practicas de riego inadecuado y las estructuras de drenaje inexistentes.
La costa alberga al 60% de la población, pero cuenta con menos del 2% del recurso agua, mientras que la ceja de selva y selva, tienen el 98% de ella.  El calentamiento global está derritiendo los glaciares, fuente de agua para los valles en las temporadas secas, y 16 de los 53 ríos de la Costa están contaminados por los relaves mineros (Datos de Naturell/Blogspot/2003/Problemática el Agua).
En los países subdesarrollados, la difusión de las enfermedades está estrechamente relacionada con las deplorables condiciones sanitarias en las que viven amplios sectores de la población.


EL CAFÉ LIMEÑO: EL CHAMPÚS

EL CAFÉ LIMENO



“La comida es el otro hogar de los peruanos (“hogar en dos sentidos”).  Nuestra comida es una casa gigantesca y viejísima, construida sobre cimientos de pueblos, habitada por ingredientes nativos y exóticos, y abrigada por el fogón de la memoria. Tocados desde niños por la magia sutil y poderosa del saborear como los reyes que no somos, vamos por el mundo haciendo de profetas de un arte antiguo, cuantioso y casi inverosímil, que nos devuelva algo de orgullo, no de vanidad.  La nostalgia del Perú es una enfermedad que se cura con recetas de cocina.” (Víctor Hurtado en Pago de Letras, 2004)
El champús es una especie de mazamorra suelta hecha con harina de maíz y mote, y endulzado con frutas nativas peruanas.
Aunque se hizo muy popular durante la época del Virreinato, y su expendio continuó hasta bien adentrada la Republica, su orígenes se pueden trazar hasta las épocas prehispánicas. No en vano se conoce a los peruanos como mazamorreros, pues ya en esas épocas se conocieron aquellas hechas con maíz espolvoreado con cal; o aquellas llamadas api, y que eran endulzadas con frutas o miel de algarrobo o de abejas.  A pesar de que erróneamente se ha dicho que los antiguos peruanos no conocían los dulces, los cronistas nos cuentan que aquellos confeccionaban edulcorantes con vegetales y frutas, a los que asoleaban para aumentar sus niveles de azúcar.  Así, se utilizaban las ocas y camotes maduros y asoleados.  Hacían moldes de chancaca, hirviendo la cáscara tierna del magüey, hacían un almíbar del fruto del molle, y sacaban la miel del árbol del algarrobo.
Tenían también, la miel de unas abejas sin aguijón (huancairruy tocto) de las que nos habla el historiador y estudioso de la nutrición en el Antiguo Perú, Santiago Antúnez de Mayolo Rynning.  La mazamorra morada y las mazamorras de piña, guindones, guindas y capulís, espesadas con harina de camote y el champú de mote, endulzado con frutas, ya eran consumidas en esa época.
A través de la comida, el indígena se relacionaba con la Pachamama o madre tierra, y con el resto de su mundo espiritual.  El hombre consideraba a la comida como un regalo de sus dioses, y como una forma de relacionarse con su entorno.
Cuando vinieron los españoles se produjo un choque cultural con la introducción de un mundo religioso ajeno a ellos, y con costumbres y modos de alimentación diferentes. Sintieron la irreverencia del invasor, con respecto a su relación con las dádivas de la naturaleza y su respeto por la gran comunidad humana.  Aun así, ante la imposición de aquellos, fingieron someterse y fusionaron su cultura, su religión y su alimentación con la del conquistador.  Con el intercambio de productos, varió el tipo de alimentación de ambos grupos.  Los españoles trajeron las especias y el azúcar, productos que adquirieron de su mestizaje con los árabes, e introdujeron frutas y carnes ajenas al Nuevo Mundo.  A su vez, hicieron conocer al resto del mundo sus descubrimientos botánicos y zoológicos.
En los siguientes siglos, el virreinato del Perú y su capital, Lima, reflejaban una mezcla de culturas y razas resultantes del mestizaje con los españoles y con los esclavos negros (más adelante se produciría la inmigración China en el siglo XIX); y la comida se constituyó, por diversas razones, en parte importante de la vida colonial.
Una apreciación de la Plaza de Armas, por viajeros visitantes al Perú, por escritores y cronistas costumbristas y por pintores de la época, coinciden en describir a la Lima desde los siglos XVI, hasta bien entrada la República, como una ciudad desordenada; a la que un viajero llamó: “cielo de mujeres”, purgatorio de hombres, e infierno de borricos”.
En 1840, Max Radiguet, un marino francés visitante, escribía sus impresiones sobre la Plaza Mayor, y decía que “Lima era un caos de colores chocantes, chillones e indecisos, atiborrada de una muchedumbre deslumbrante de las mas diversas razas y culturas”.
Era una ciudad bulliciosa en la que los mercachifles (llamados “cajoneros de ribera”, porque la mayor parte vendía sus mercancías en quioscos), pregoneros y demás vendedores, anunciaban la venta de su mercadería.  Abundaban los puestos en los que se vendían toda clase de alimentos y baratijas, algunos de ellos soportados por toldos armados con telas de colores amarradas a cuatro palos; bajo los cuales había mesas y bancos de madera alargados…quizás émulos de los comedores populares.  Entre braseros, ollas y sartenes, se oía chillar a la manteca y crepitar las frituras y tostadas.  Allí se estacionaban las picanteras, las anticucheras, o las buñoleras, esperando a sus comensales; como en una gran feria.  Los vendedores de cirios, las tamaleras, las fresqueras, los heladeros, y el aguador, paseaban ofreciendo sus mercancías entre un mar de jumentos que no perdían la oportunidad de “descargar sus necesidades” mientras se desplazaban por los alrededores. No faltaban los que recogían los excrementos para venderlos como estiércol. ¡Imagínese el lector la mezcla de olores: a deposiciones de los animales, el de acequias descubiertas, a alimentos y a grasa humeante! Las tapadas, aprovechando su disfraz matutino, iban pidiendo requiebros, misturas y regalos de los galantes caballeros.  
Pero la agitación se hacía mayor a la salida de la misa de la Catedral (casi toda la población limeña vivía alrededor del centro de la capital, y allá por 1859, Lima ya tenía 100.341 habitantes), que era cuando los negritos se esmeraban en tocar sus tambores y bailar al ritmo de su música africana, con el fin de colectar “donaciones”.
En ese ambiente se ubicaba la champucera, personaje al que se dedica este artículo.
Como bien describe Adán Felipe Mejía, “El Corregidor”, (chapa que le quedó por corregir la gramática de todos sus conocidos y no conocidos), allá por las ultimas décadas del 1800, cuando junto con Ricardo Palma y Pancho Fierro, se convirtió en uno de los principales costumbristas de la época post-colonial: “El champús es nocherniego e invernoso, y ante todo, peruano”.
En aquellas noches neblinosas y húmedas de invierno, cuando las ultimas beatas habían salido de las iglesias, y los perros buscaban entre la basura restos de comida, y cuando el Sereno llegaba a golpe de siete de la noche preparándose para soplar su pito de barro en forma de pajarito y anunciar las horas a partir de lasa 12 de la noche, cuando se prendían los candiles, las negritas champuceras salían de sus callejones cargando trabajosamente sus aparejos, ollas y braceros. Se sentaban en las puertas de las tiendas, de los solares y de los callejones, o en el Portal de Escribanos de la Plaza Mayor, y plantaban su farolito de hojalata con vela de sebo, para alumbrarse en su trabajo diario. A su costado se paraba un niño que cantaba un pregón:
“Champús caliente, vamos con el café limeño, muchacha; el que se come medio, se come un real, para el colegial:  Venid, venid que ya está: el cuartillo por delante y la taza por detrás (pague primero).”
Como recompensa, el muchacho recibía una tasa de champús al terminar la venta; si éste se había agotado, la champucera le regalaba medio real.
La formula del champús era secreta y se heredaba de madres a hijas.  Además del champús ofrecían chicha de piña, chicha de guindas y agua de granates, además de una gran variedad de frutas; muchas, “ya chancaditas”.  Vendían también, ramitos de flores y plantas en macetas o almácigos puestos sobre hojas de plátano.
Frente a la tenducha ponían largas bancas y mesas, sobre las que alineaban una serie de pocillos baratos, algunos despostillados, y platillos y cucharas de lata. 
Antes de acostarse, era costumbre de los parroquianos, degustar esta bebida mazamorrosa
con el fin de calentarse.  Desde los balcones de las casas que rodeaban la plaza, y que se alineaban a los largo de los jirones y calles, las mujeres divisaban la luz de las champuceras y mandaban a sus sirvientas a comprar la bebida calientita:  era el cafecito limeño de aquella época.  Dice El Corregidor, que dicho sea de paso era un  gran aficionado a la cocina, que habían dos clases de champús:  Los de leche, que se ofrecían en el invierno, y  el champús de agrio, que se vendía desde la primavera, época en que la guanábana aparecía.  Este último era más refrescante.
Allá por el año 1947, Adán Mejía, en un artículo de los que escribía regularmente para “La Prensa” y que hoy están condensados en el libro “Ayer y Hoy”, describió la forma de hacer el champús de agrio, el cual él decía que era más barato. De acuerdo a su receta, éste se confeccionaba con  mote, harina de maíz, guanábana con pepas y todo, hasta que se cueza.  El champús no era tan espeso como la mazamorra.
El de leche se hace con maíz blanco entero, algunas hojas de naranja y harina de maíz. Recomienda comer el champús en taza. Para los interesados, adjunto unas recetas del champús, como anexo a este artículo
Hoy en día, el champús que ya se había olvidado en muchas dulcerías y hogares, está volviendo a resucitar.
Por iniciativa del municipio limeño, se está tratando de rescatar la arquitectura, costumbres y cocina de las épocas antiguas. Así, en la Alameda Chabuca Granda, nuestra gran cantautora; allí al  costado de una muralla que en algún tiempo  protegió a invasores de otros invasores, se ha restablecido la costumbre de pregonar.  Y entre humaredas y olores ricos y penetrantes, cantan las picaroneras, gritan las tamaleras, ofrecen sus ricos anticuchos las gráciles negritas; y el zanguito y el champús continúan endulzando los paladares de aquellos limeños, que con ellos recuerdan una Lima que se fue, pero que no se ha ido.


Lucia Newton de Valdivieso                                        

CHINERÍAS



CHINERÍAS


Calle Capón en Lima (blog barrio-chino.com)





La inmigración China en el Perú fue una de las más importantes y numerosa inmigración de extranjeros al Perú.
Su presencia modificó la estructura económica, social, cultural y étnica peruana.  Fue a través de sus tácticas de inserción en aquella sociedad, por la cual ellos lograron  lo que acertadamente califica el escritor Humberto A. Pastor en su libro “Herederos del Dragón”, como la “chinización” de la cultura peruana.  Al decir de Zhou Yan, estudiante de la Universidad de Beijing, quien en el año 2006 hizo el primer estudio académico sobre el proceso de asimilación de los chinos en el Perú, desde la perspectiva China:  “En ningún otro lugar del mundo, los chinos y sus descendientes han logrado ser parte de una nación, como en el Perú; y se han desenvuelto de una manera tan exitosa, hasta asimilarse y constituir el universo de la peruanidad.  Pero no sólo depende de los chinos, sino también de los peruanos; por eso, es un caso irrepetible”.
Los chinos estuvieron presentes en el Perú desde la época de la Colonia y llegaron allá desde Méjico, en los barcos que traían mercadería China desde Acapulco.  Se dedicaron a las labores artesanales y de servicios, y desde entonces ya eran discriminados por los esclavos libres y mestizos, quienes los veían como competencia barata con los trabajos que ellos realizaban.  Ya en ese entonces, el virrey Ambrosio O”Higgins propuso la idea de traer trabajadores jornaleros para los campos de cultivo de la costa, como contraposición al “trabajo de poco rendimiento de los esclavos”.
La política liberal de la segunda mitad del siglo XIX trajo como consecuencia las ideas de integración del indio a la vida nacional, mediante su participación política y económica.  Así, se eliminó el tributo que el indio pagaba al Estado y se les otorgó la propiedad de las tierras que usufructuaba dentro de sus comunidades.  La poca productividad de estas tierras, llevó al endeudamiento de los campesinos con los grandes propietarios y a la venta de sus tierras a ellos debido a los compromisos adquiridos.  Muchos emigraron a zonas menos controladas como la selva y otros se vieron obligados a trabajar en el latifundio.  Por ese entonces, la mano de obra indígena estaba concentrada mayormente en la sierra y debido a sus problemas de adaptación a las zonas bajas, no era conveniente su empleo en las labores agrícolas de la costa.  En este marco, la actividad agrícola se vio amenazada por la carencia de mano de obra suficiente.  Adicionalmente, la comercialización del guano se había iniciado como una promesa rentable en el Perú, y se necesitaban trabajadores para este rubro.  Los pocos que tenían eran militares desertores, esclavos y presos, los cuales ofrecían poca garantía para un trabajo estable.
En el Asia, millares de chinos se encontraban en la pobreza debido a la superpoblacion de esa región (400 millones de chinos en 1849), así como debido a problemas sociales y económicos internos.  Según Basadre, estos pertenecían a una población mayormente analfabeta; procedente de grupos de rehenes, de las diversas facciones en pugna, cedidos a traficantes chinos o portugueses o aldeanos, pescadores, gentes secuestradas, jugadores perdidos de Macao, u otros ávidos de viajar.
Dentro de este marco se dio la Ley de Inmigración, el 17 de Noviembre de 1849, con el fin de traer trabajadores que se utilizarían en las labores agrícolas y extractivas.  Se ofrecía un premio de 30 soles por cabeza a todo introductor de colonos extranjeros, cuyo número no bajara de 50 y cuyas edades fluctuaran entre los 10 y 40 anos de edad.  Estos estaban exentos de contribuciones al Estado, y del servicio militar.

Los culíes (del hindú:  trabajadores golondrinos) venían al Perú con un contrato de 8 años.  Ellos ganarían mensualmente 4 soles, y podían ser negociados entre dueños por el valor de 400 soles.  Cuando concluía su contrato, obtenían un Boleto de Asiático Libre.
Las circunstancias de promulgación de esta ley se dan dentro del marco de una estructura de dominación y de desigualdad social de la sociedad peruana de aquel entonces, la cual se perpetúa en menor grado hasta nuestros días.  Y es así, que se otorga la exclusividad de importación de chinos, durante 4 años, a Domingo Elías y Juan Rodríguez, primeros explotadores de las islas guaneras.  Se les daría el premio prometido por colono y se les reembolsaría el valor de los 75 chinos que habían importado un mes antes.  Así fue que estos primeros asiáticos llegaron al Callao, el 15 de Octubre de 1849, en la barca danesa Frederick Wilheim, procedentes del puerto de Macao.  Los colonos irlandeses y alemanes que llegaron como consecuencia de esta ley, no se adaptaron a las condiciones de vida y su gestión no tuvo éxito. Esta ley, dio pie al tráfico ilegal de los culíes, y a su transporte en condiciones infrahumanas.  Se calcula que en el trayecto de los primeros años, que van desde 1849 a 1874, murieron más de 40,000 culíes en las travesías, que duraban un promedio de 120 días en alta mar, por la falta de alimentos y condiciones sanitarias adecuadas.
Esta etapa inmigratoria que corre entre aquellos años, podría calificarse  de predominancia rural, ya que la mayor parte de los chinos que llegaron se dedicaron a la agricultura en los campos de algodón y de azúcar de la costa, a la extracción del guano de las islas, al trabajo en la construcción del ferrocarril, y al trabajo domestico.
El trabajo en las islas guaneras fue infame.  La falta de una alimentación adecuada, los horarios indiscriminados y un ambiente de trabajo en el que estaban sujetos a soportar el constante hedor de los excrementos de las aves marinas, propiciaron la aparición de enfermedades que diezmaron grandemente a esta población.  Tenían que extraer por lo menos 5 toneladas de guano por día; siete veces a la semana. Si no cumplían, eran azotados por los caporales.
El trabajo en las tierras de cultivo y en la construcción de las vías férreas, exhibió características parecidas.  La vida en los galpones, con caporales que los vigilaban para que no se escaparan, estuvo teñida de promiscuidad, enfermedades y vicios.  Las haciendas tenían tiendas donde les vendían el opio, endeudándolos aun más.  Se dice que en el período que va entre 1849 y 1874, llegaron alrededor de 90,000 culíes, pero sólo sobrevivieron al final, alrededor de 45,000.  Los malos tratos propiciaron los suicidios, la fuga de los lugares de trabajo o cimarronaje, y las sublevaciones y rebeliones.  Una de las más importantes rebeliones fue la del saqueo y toma de la ciudad de Pativilca por los chinos cimarrones y la consiguiente liberación de sus compatriotas que trabajaban en otras haciendas. 
Es importante la contribución agrícola de los chinos, quienes enseñaron a los demás campesinos, las técnicas de cultivo del arroz; el cual se convertiría en fuente importante de ingreso para la economía nacional.
A través de los años, las leyes de inmigración de asiáticos fueron sometidas a varios debates y sufrieron modificaciones y anulaciones.  En 1854, Castilla abolió la esclavitud y se opuso al trabajo esclavista y al trato inescrupuloso de los emigrantes chinos.  Así, prohibió la inmigración de aquellos.  A pesar de esto, las presiones del Congreso para la importación de culíes, llevaron a la derogación de  tal ley en 1856.  En el ínterin hubo permisos especiales para el ingreso de los chinos.  Es de notar que en esta época, tanto el Estado como los políticos y hacendados, no consideraban a los chinos como un grupo étnico integrante de la comunidad nacional. Sin embargo, durante el gobierno de Manuel Pardo, en 1873, se dieron los primeros pasos para tal integración al mejorarse las jornadas de trabajo de los chinos, se les dio el descanso dominical y se instituyó el Registro Asiático en la prefectura del Callao, que estaba obligado de repatriar a los chinos que así lo quisieran.  La mayor parte de los chinos no regresaron a su país, sino que se integraron a la vida de la ciudad.  Desde su llegada a Lima, se ubicaron en la Calle Capón  y se dedicaron a los negocios de fondas, de comercio y de salones de juego.  En la ciudad se desarrolló todo un movimiento antichino.
En 1874 fue firmado el “Tratado de Amistad, Comercio y Navegación” entre China y Perú en Tientsin, por el cual se estipuló la protección mutua de los ciudadanos de ambos países y se condenaron los actos de violencia  y de fraude hacia los culíes en los puertos de Macao. Se establecieron, además, representaciones consulares en ambos países.
Es de notar que debido al resentimiento por los maltratos de los peruanos, los culíes colaboraron con las tropas invasores chilenas entre 1880 y 1881.
En el año 1874, año de la crisis azucarera en la Perú, se suspendió la introducción de culíes.  Ya en el ano 1882, caducaron los últimos contratos de trabajo de los chinos y todos aquellos residentes en el Perú, fueron libres.  Así, se inicio la segunda etapa del arribo de los chinos.  Al verse en libertad, se dedicaron a construir una sociedad basada en  la reconstrucción de su dignidad.  Se dedicaron a labores vinculadas con el comercio de abarrotes y de mercaderías y abrieron negocios de comidas.  La sociedad de aquel entonces, ávida de que se fueran, pero culpable de sus condiciones de vida, por la poca atención que se les daba, les echó en cara muchos de los problemas que por aquel entonces surgieron.  Uno de los principales fue el de la peste bubónica, que se produjo entre los años 1903 y 1930, razón por la cual el gobierno ordeno la destrucción del Callejón de Otayza, sitio de viviendas hacinadas de la población china.  Ellos se reubicaron en el Barrio Chino, a inmediaciones del Mercado Central.  El temor de la clase dominante por ser opacados por la tremenda organización y escalada económica de aquella sociedad de inmigrantes, provocó instigaciones entre las clases populares, que reclamaban la competencia por los bajos salarios cobrados por los chinos.  En 1909 se produjo un motín y saqueo de los comercios chinos.  Como consecuencia de esto, el gobierno peruano exigió el pago de 500 libras esterlinas por cada chino que entrase al Perú.  Posteriormente, por el Protocolo Wu-Porras, se restringió el número de chinos que entraría en el Perú.  Luego de conflictos adicionales, Perú prohibió la inmigración china en 1930.  Más adelante, sin embargo, se negoció una cuota de viaje al Perú, de 20 chinos por mes.

A pesar de todas las  hostilidades, la población china logró asimilarse a la estructura social y económica peruana, debido a varios factores que según Zhou Yan ( la estudiante mencionada anteriormente), se referirían a los matrimonios mixtos (al menos 5% de la población nacional tiene algo de chino), la “interesada” integración religiosa china (se convirtieron al catolicismo), la re-invención de la comida en el Perú como punto de convergencia entre peruanos, la ausencia de un racismo abierto, con su consecuente y fácil integración a la cultura nacional, y su prosperidad económica debido a su gran dinamismo y capacidad empresarial.  Esto último les permitió a los chinos su  inserción en las capas altas de la sociedad.  A la par que lograron construir una identidad propia, lograron asimilarse en una forma inteligente y organizada a nuestra cultura nacional.  


CHICHAS Y CHICHERÍAS

CHICHAS Y CHICHERIAS








La chicha, néctar de los dioses de los imperios de México en la America del Norte, y de los reinos de América Central y del Sur, subsiste hasta nuestros días como parte de una larga tradición que tiene sus orígenes desde hace miles de años. El hombre descubre que el grano, al fermentarse y mezclarse con el agua, produce una bebida picante y embriagante, y la adopta como elemento ceremonial para saludar y celebrar a sus dioses.  Descubre sus propiedades nutritivas y medicinales, y su uso se enraíza en su cultura.
En los albores de los pueblos agricultores de esta parte del mundo, sus dioses están ligados a la producción de sus alimentos y patrocinan a cada uno de sus cultivos.  El hombre se siente agradecido, y les rinde culto a través de las ceremonias en las cuales les
ofrecen los frutos de sus cosechas, y hasta sus propias vidas.  La chicha siempre estuvo presente en estas celebraciones, así como que formó parte de todas las funciones sociales y comunitarias
La chicha es una bebida con diferentes gradaciones de alcohol, que se obtiene de la fermentación del almidón o azúcares de casi todos los granos, tubérculos, raíces y frutas comestibles, mieles y otros.  El origen del vocablo “chicha” no es preciso, aunque según el cronista Cobo, éste ha sido tomado de la lengua española; otros dicen que deriva de la lengua Cuna de Panamá.  Según el cronista Zárate, “en lengua del Perú”, ésta se llamaba “Azúa”, y era blanca o roja según el maíz que se le echara.
Antiguamente se hacía triturando con la boca el grano de maíz recién cosechado, para mezclarlo con la saliva.  Esa pasta se depositaba en vasijas de barro y se le dejaba fermentar, para luego mezclarla con agua “reposada”.  Esta técnica continúa hoy en día en algunos poblados, sobretodo entre las comunidades nativas de nuestra amazonía (masato).  En la actualidad, esta costumbre ha sido reemplazada, y el maíz se remoja y cubre con paja o arena mojada, produciéndose luego la germinación y fermentación.  Cuando el tallo ha duplicado a la semilla, se le deja secar por tres días.  Luego, se muele el maíz seco y se le agrega a unas tinajas con agua, dejándolo hervir por 12 horas.  Una vez enfriado, se cierne el líquido en tela de tocuyo y se guarda. El residuo se coloca en un depósito con agua nueva y se pone a hervir.  Ambos cocidos se juntan en un recipiente de barro, y se les agrega azúcar o miel de chancaca; en algunos casos le agregan “harina de chile”, para darle mayor consistencia.  Se deja al sereno por tres días; al cabo de los cuales ésta puede ser envasada y consumida.  A medida que pasan los días la chicha se va haciendo más fuerte.  En algunos lugares, como en Lambayeque, se le agrega gallina, pata de toro, frutas o betarraga, antes de bajarla, con el fin de darle un sabor diferente.
En el Perú tenemos muchísimas variedades de chicha, que poseen propiedades nutritivas, medicinales y que son económicas.  Cada región tiene su chicha especial.  Entre ellas se pueden mencionar: la chicha siete semillas de Ayacucho (hecha con garbanzo, habas, maca, quinua, cebada, trigo y arveja), la chicha de quinua del Cusco, la de frutilla, el chapo (con plátano sancochado y licuado) y el masato (de yuca) propios de la selva y la chicha morada (Hecha con una variedad de maíz oriundo del Perú, es una bebida popular y refrescante, con propiedades medicinales antioxidantes, y sin contenido alcohólico). En la época prehispánica, tuvo preferencia la confección de la chicha de maíz de jora.
En los dibujos de los ceramios y textiles legados por los antiguos pobladores, se pueden observar escenas de la siembra y cosecha del maíz, así como de su utilización para la confección de sus alimentos y de la chicha. Junto con los testimonios de los cronistas, éstos han permitido una reconstrucción de la trayectoria del maíz, y de la confección y uso de la chicha como bebida ceremonial, alimenticia y medicinal.  En las tumbas prehispánicas, se han encontrado mazorcas de maíz petrificadas, que evidencian la importancia de este producto como acompañante del hombre en su trayectoria al mundo de los muertos.  En los restos arqueológicos de culturas como Chavín, Tiahuanaco, Huari y Pachacamac, se han encontrado vasos ceremoniales de oro, plata, madera y cerámica, con imágenes de dioses y sacerdotes guerreros, que aparecen como mudos testigos de la utilización de la chicha desde tiempos inmemoriales para celebrar a sus dioses. 
Durante el imperio incaico, del que tenemos amplia información gracias al trabajo de los cronistas, se realizaban ceremonias importantes en las cuales se brindaba con chicha.  Entre las principales estaban: El Cápac Raymi o fiesta de iniciación de los jóvenes orejones; el Inti Raymi o fiesta del sol, donde se celebra el solsticio del invierno, y se le ofrecen al sol ofrendas de alimentos, oro y plata, y sacrificios humanos y de animales; el Coya Raymi, o fiesta de la luna purificadora; y la Fiesta de los Muertos, adonde se rinde culto a las huacas o antepasados. En todas ellas, el Inca y sus sacerdotes se embriagaban, pues creían que así podían comunicarse mejor con sus dioses. Uno de los cronistas, Guamán Poma de Ayala, ilustra en uno de sus grabados, la figura del Inca y uno de sus capitanes, en una ceremonia de brindis con el Sol.  En el firmamento se observa a un ser alado (Identificado con la Constelación de las Pléyadas), ofreciéndole un vaso del chicha al Sol.
Desde la época de los incas, y a partir de los 12 años, la mujer era la encargada del cultivo, cosecha y almacenamiento del maíz, así como de la preparación y el suministro de la chicha.  Los hombres consideraban que era indecente participar en esta actividad.
En los ritos funerarios era la obligación de los deudos proporcionar comida y bebida a sus muertos.  Las momias de los incas participaban activamente en las ceremonias importantes.  Sus parientes en línea directa, encargados de su cuidado, limpieza y “alimentación”,  las sacaban diariamente a la plaza del Cusco y brindaban con chicha, “invitándose” mutuamente entre vivos y muertos.  La chicha debía de prepararse diariamente con doble función: Como acompañamiento de las comidas o como ofrenda o bebida ritual en las ceremonias.
En las ceremonias del sacrificio de niños menores de 10 años, que se hacían con ocasión de guerras o por muerte o enfermedad de los gobernantes, se emborrachaba a las víctimas, con tal de que tuvieran el estomago lleno, no pasaran frío y no sintieran su muerte.
Antes de la llegada de los españoles, existían pueblos especializados en la confección de chicha, para luego distribuirla, en forma dosificada, a la población. Según Garcilazo, los indígenas consumían alrededor de litro y medio de chicha diariamente, por persona.  Nunca tomaban agua pura, pues la consideraban nociva y desagradable.
Al llegar Francisco Pizarro al Perú, se dice que Atahualpa le mando grandes vasos de esta bebida, para dales la bienvenida.
Durante los inicios de la colonia, el consumo de la chicha se extendió a casi todos los grupos sociales.  Se usaba tanto en las fiestas colectivas, como en las familiares.  Se volvió costumbre acompañar las cenas familiares con chicha casera de diferentes grados de alcohol.  Inclusive, se le atribuyeron cualidades medicinales a este brebaje.  En un recetario franciscano del siglo XVII (Adriana Atzote: “La Chicha, entre Bálsamo y Veneno”) se recomendaba tratar diarreas con chicha mezclada con “la verga del ganado pelón” o con “polvo de cuero de lagarto tostado”.  El cronista Cobo decía que el concho de la chicha, aplicado sobre pies “gotosos”, quita el ardor y mitiga el dolor. En algunas zonas del Perú, hoy en día, se toma esta bebida para curar el resfrío o la tos.  En Huamanga, las mujeres parturientas la toman mezclada con huevo batido para recuperarse de las debilidades del parto.  La chicha de algarrobo la consideran tónica. Las propiedades nutritivas de la chicha, fueron siempre reconocidas.  Se les daba a los niños recién nacidos, incluso antes que la leche y en baja gradación, “para darles fuerza”.  Los españoles quedaron sorprendidos por la inexistencia total de cálculos renales entre los indios; lo cual era atribuido al consumo de aquella bebida.
El uso generalizado de la chicha durante la época de la colonia propició la aparición de las famosas chicherías; locales adonde se expendía, junto con piqueos o comidas, la famosa bebida.  Éstas se convirtieron en lugares de descanso y esparcimiento durante los fines de semana, en antros adonde se buscaba “pareja”, en lugares de conspiración política, y en sitios adonde se propiciaban las riñas y actos delictivos de parroquianos ebrios. Ante el uso indiscriminado y expandido de la bebida, y alegando la propagación de las idolatrías, así como problemas relacionados con la higiene, salud (la jora era mascada por personas enfermas), la moral  y buenas costumbres, así como una amenaza a la economía del reino (excusa para aumentar las rentas producidas por la venta del aguardiente), el gobierno y el clero suprimieron en varias instancias el expendio de esta bebida. Al no lograr hacerlo debido a que esta costumbre formaba parte de la cultura indígena, intentaron reglamentar su expendio, impusieron multas a la población que la consumiese, impusieron pagos anuales a las chicherías, y eliminaron estos locales del centro de la ciudad, enviándolos a su periferia.  Sin embargo, como muchos de estos locales eran propiedad de la Iglesia y del Estado, y su renta producía ingresos importantes, muchas de estas disposiciones fueron incumplidas.  Un ejemplo de la “rebelión” silenciosa del indígena contra las imposiciones de la corona se puede ver en un cuadro de La Última Cena que se encuentra en la Catedral del Cusco, en el cual el pan y vino han sido reemplazados por el cuy y el vaso de chicha.
Hoy por hoy, la chicha compite con la cerveza y sigue consumiéndose, sobre todo en las zonas populares y en los pueblos alrededor del Perú; y las chicherías son parte de nuestra tradición.  En Piura, Lambayeque, Arequipa y Cusco, así como en las zonas populares de Lima, todavía se encuentran las típicas picanterías y chicherías, adonde se expende la chicha, acompañada de platos típicos de nuestra cocina peruana.: bandera blanca es señal de que allí se ofrece esta bebida; si tiene un ají amarillo y una lechuga en la punta, también hay piqueo criollo.  La bandera roja indica que además de comida, chicha servida  en “poto”, en “cojudito” o en vaso de vidrio, según la región, se puede encontrar buena música...de la criolla y de la autentica “música chicha”. Las chicherías son bautizadas de acuerdo a su ubicación (El Palo, la Esquina del Choque, el Algarrobo, etc.) o con el nombre de la dueña o una de sus características (La Rosa, La Pelona, El Rincón de la Desplumada).
Se dice que en las chicherías las dueñas amarran con sus prendas íntimas el sedimento que se posa al fondo de las tinajas, con el fin de que no se les vayan los clientes.  También existe la costumbre de barrer desde la puerta hacia adentro para no espantar a los posibles parroquianos.

Lucia Newton de Valdivieso                                          

DE MONJAS Y MONASTERIOS: LOS CONVENTOS EN EL PERÚ

DE MONJAS Y MONASTERIOS






Dong! Dong!  Suenan al alba las campanas que invitan al aseo y al rezo en el monasterio.  Las religiosas se preparan para iniciar sus labores cotidianas…
Cuando los conquistadores vinieron a América, unieron a su empresa, la difusión de la doctrina religiosa Católica a los “infieles” nativos.  Pero además de aquello, se propusieron atender las necesidades espirituales de sus paisanos, así como la de los criollos y mestizos integrantes de la comunidad de esa época.  La Iglesia Católica llegó a tener un enorme poder político y religioso en las colonias, y fue apoyada ampliamente por las disposiciones papales y por la Corona Española. 
Esta situación propició el enriquecimiento desmesurado de aquella institución; la cual llegó a acumular una gran fortuna a través del control de los “diezmos” (la décima parte de la producción agrícola y ganadera) que los fieles pagaban para el mantenimiento del culto, a través de la asignación por la Corona de cuantiosas tierras comunales, y a través de la asignación de poderes inquisitoriales a los obispos.
Es así, que desde la institución de las colonias, se toma especial cuidado en la construcción de conventos y templos para las órdenes religiosas.
Era una época en que los clérigos venían imbuidos de un conocimiento profundo sobre las letras y las escrituras; elementos indispensables para el adoctrinamiento de los súbditos de la colonia.  Surgieron, así, las discusiones teológicas, y se fomentaron las tertulias religiosas.
Por esta época, la mujer tiene un rol reproductor en la sociedad.  La mayor parte de ellas están destinadas a ser madres y a aprender música, labores manuales, cocina, y a servir a sus maridos.  El derecho a opinar les es limitado, y su educación deja mucho que desear.  Les está vedado predicar y razonar, y se les pone limitación a su razonamiento.  Se les fomenta la devoción y la observación de las reglas de moralidad, así como una obediencia ciega a padres y esposos.
Era la época del Concilio de Trento, de las reformas eclesiales, y de la Inquisición. Existía un deseo grandísimo de ganarse indulgencias y de obtener el favor divino a través de devociones y sacrificios personales.  Muchos consideraban un honor que los hijos ingresaran al convento, donde rezarían por la familia y por los pecados del mundo. Aumenta enormemente el número de clérigos y de vocaciones religiosas.
Dentro de este marco se crean los conventos, y las mujeres también participan en la obra evangelizadora.  Los primeros conventos de monjas fueron creados para mujeres pertenecientes a las familias fundadoras y de las elites coloniales, y en ellos existía una jerarquía de estratos, de colores de piel y de fortunas.  Los primeros monasterios tuvieron un papel decisivo en la formación intelectual de las mujeres.  Fue en ellos en los que, hasta el siglo XVII, surgieron la mayor parte de textos literarios escritos por mujeres. Las monjas, guiadas por sus confesores individuales, escribían diarios que muchas veces podrían inculparlas en acusaciones hechas por estos clérigos a la Inquisición.  En estos escritos abundaban el misticismo, el deseo de pagar con tortura por los pecados del mundo, la creencia en manifestaciones divinas y la capacidad de realizar predicciones.
Dentro de este marco surgen dos conventos importantísimos en la historia del Perú: el Convento de Santa Catalina y el Convento de Santa Teresa, en Arequipa.


Convento de Santa Catalina

Convento de Santa Teresa

Ambos constituyen una expresión del pensamiento colonial de aquellas épocas, así como una expresión fidedigna de la arquitectura y arte del siglo XVI y XVIII, respectivamente.
Santa Catalina, “una ciudad dentro de la ciudad”, y con una historia que se remonta 400 años, fue fundada por una viuda arequipeña, María de Guzmán, bajo la autorización  del Virrey Francisco Toledo y del Obispo del Cusco, Sebastian de Lartaun.  Se precia de ser el primer centro de recogimiento perpetuo para mujeres de la Orden de Santo Domingo., fundada en el virreinato del Perú.  En Lima, en 1558, se había fundado el Beaterio de Nuestra Señora de los Remedios, después llamado Convento de la Encarnación, y primero de la América del Sur.
Santa Catalina ha sido construida con piedra volcánica, el sillar, constituyendo una joya arquitectónica muy especial, que ha soportado el embate de varios terremotos durante su existencia.
Se construyó bajo la denominación de Santa Catalina de Siena; figura más notable que ha tenido la Orden Dominica.
En esa época, las candidatas a monjas debían ser españolas, y las mestizas sólo podían ser recibidas como monjas sin velo ni voto. Debían, además, tener buenas costumbres. 
Tenían limitaciones para su aseo, y también para recibir la comunión; disposiciones que fueron modificándose con los años.
El convento estaba encabezado por una priora. Las niñas ingresaban al convento a temprana edad y aprendían allí a leer y a escribir.  Una vez completada su educación, podían regresar a sus casas, o continuar con el noviciado por dos años más, para después convertirse en monjas (no debían de tener menos de 15 años de edad).
Realizaban votos de pobreza, castidad y obediencia. Sin embargo, en las primeras épocas del monasterio, las religiosas iban al convento con sus sirvientas y ajuares, cada cual más lujoso, y contaban con celdas propias mandadas a construir por sus padres o familiares y en las tenían su vivienda, con cocina incluida.
El monasterio se financiaba con las dotes de las novicias (entregadas al profesar), con la renta de sus propiedades, y con las donaciones.  Existían las famosas “devociones”, por las cuales las monjas, siempre acompañadas de una monja “oidora”, proporcionaban consuelo a caballeros que buscaban un refugio para sus problemas personales a cambio de que éstos les financiaran la comida, el vestuario y la decoración.  Lo hacían a través de locutorios.
Durante tres siglos el monasterio sirvió de refugio  para mujeres que acudían a él, ya sea  por vocación propia, como por decisión de sus padres o por  búsqueda de  amparo para sus problemas personales.  Al ponerse el velo negro, después de haber hecho el noviciado, la monja muere para el mundo y se arrepiente de sus culpas pasadas.
En épocas anteriores, cuando una monja moría, se le velaba y enterraba en el cementerio conventual.  Se acostumbraba ha hacer una pintura de la muerta.
El convento se precia de haber alojado a la beata arequipeña Sor Ana de los Ángeles Monteagudo, quien fuera priora de aquel, y que actualmente se encuentra en proceso de canonización.
Cuenta con una pinacoteca, dentro de la cual se encuentra una colección de cuadros predominantemente religiosos, y de gran importancia artística y religiosa.
El Monasterio de Santa Teresa, fundado en 1710, ha sido abierto al público recientemente, después de 295 años.  Es una joya colonial maravillosa, y dentro de la quietud de sus paredes y claustros bucólicos y acogedores, se puede encontrar una colección inigualable de pinturas, esculturas, orfebrería, pinturas murales y demostración de técnicas empleadas en su confección; así como muebles y objetos decorativos.  Posee un nacimiento de una belleza inigualable.
El templo principal alberga la imagen del”Niño Terremotito”, del que cuentan que sobrevivió los terremotos de Arequipa milagrosamente, y del que dicen que escapa de los brazos de su madre a pasear por los alrededores de la ciudad.
Arequipa, ciudad blanca maravillosa, es hogar de estas joyas arquitectónicas dentro de cuyos muros se plasma un pedazo importante de la historia del Perú colonial.






Lucia Newton de Valdivieso                                                NY, 16 de Diciembre del 2008


Wednesday, August 28, 2013

El Chapín de la Reina










En aquellas épocas absolutistas, cuando los reyes demandaban de sus súbditos lo que le daba la gana, para satisfacer sus extravagancias, surgió en España, alrededor del siglo XIV, en el Reino de Aragón, un increible impuesto al maridaje que servía para pagar los extravagantes matrimonios de los reyes y de sus hijas.  Por ejemplo, Jaime II lo percibió al casarse sus dos hijas, así como cuando él se casó con María de Orleans en 1315.  Este cobro de impuesto se extendió por todos los reinos de España para ser pagados por los "plebeyos", y eran generalmente las Cortes los que los concedían.  El pago se hacía a plazos, generalmente cada cuatro meses, hasta que se cubriese el costo del matrimonio.  Hubo reyes que se casaron varias veces, como Pedro IV, quien contrajo nupcias cuatro veces, y que además tuvo varias hijas , y que disfrutaron de este impuesto en demasía.
Con el tiempo, ya por el siglo XV, hubo muchos levantamientos entre los súbditos por el pago de este impuesto millonario que afectaba la estabilidad económica de los pueblos y al que los monarcas se sentían con derecho establecido. Fue entonces que éste se limitó al pago de las bodas de los reyes, más no el de sus hijas.  Así pasó a llamarse "el chapín de la reina", haciendo alusión a un zapatito  con plataforma de corcho forrado en cordobán ( cuero de Córdova, cuero de potro, de textura muy suave) que se puso de moda en esos tiempos, y que usaban las reinas en el día de su matrimonio.  Estos zapatos fueron origen de muchas críticas, ya que sus tacos alcanzaban los 40 cms. y limitaban el andar, además de que causaron muchos accidentes, especialmente entre mujeres embarazadas. Se pusieron de moda cuando se introdujeron estos tacos para evitar que el barro ensuciara el brocado, la tela y el cuero que formaban parte de la envoltura superior de los zapatos. 
Cuando Felipe IV se casó con Mariana de Austria allá por el año 1608,después de enviudar de Isabel de Borbón, incurrió en gastos fabulosos para traer a la reina desde Alemania, mandándole joyas costosísimas a cada puerto donde ella ponía pie.  Dicen que las celebraciones fueron fastuosísimas, y que en las doce fiestas que se hicieron para esa ocasión, hubo corridas de toros, representaciones de comedias,máscaras, y abundante comida.
Existe una carta que el rey dirigió al concejo y regidores de la Villa de Madrid, en la que pide ayuda económica para su boda: "La conveniencia pública y el amor que tengo a mis vasallos, me ha obligado a tratar del segundo matrimonio que tengo concertado con mi sobrina.  Y aunque yo he deseado excusar siempre todo género de gastos y no agravar a mis reynos...siendo preciso traer a mi sobrina desde los confines de Alemania, con la decencia y autoridad correpondiente a mi persona y la suya, también lo es que me sirvais para estos gastos como lo han hecho estos reynos y tienen la obligación de hacerlo en tales ocasiones."
El ayuntamiento de Madrid mandaba a un tesorero  para que se hiciera cargo del chapín de la reina.  Se mandaba a un notario que entregaba el pedido al alcalde del pueblo o en su defecto, al cura o a un escribano, para que se cobrara entre los campesinos y mercaderes. 
Muchas veces este impuesto no pudo ser pagado en su totalidad, debido a la tremenda carga económica que éste representaba, además de que los pueblos se encontraban en gran pobreza y no podían cumplir con los excesivos impuestos que se les cobraban, y cuyo pago demoraba hay veces años por la falta de posibilidades para hacerlo.
Con el tiempo, este impuesto fue suprimido. 
En las colonias de América, una de las ceremonias más celebradas era el matrimonio del rey de España. Cuando llegaban las noticias de España, de que el rey se había casado, se celebraba la ocasión con gran alegría.  Las campanas de la ciudad repicaban incesantemente y habían fuegos artificiales, corridas de toros y un Te Deum en la Catedral. Era reglamento que las colonias presentaron un valioso regalo a la nueva reina.  Así, el virrey reunía en su palacio a las autoridades civiles y religiosas y a los pudientes y potentados y se hacía una colecta.  El virrey iniciaba su contribución con un mes de su sueldo, y luego le seguían los funcionarios públicos, eclesiásticos y civiles.  La nobleza también contribuía con fuertes sumas y los mitayos y mineros con sumas menores.  Se dice que para el matrimonio del rey Carlos II en 1665, ser reunió un millón de pesos que se enviaron en forma de barras de plata y de oro. A otras reinas se les enviaron joyas valiosísimas.    Entre las colonias había competencia sobre cuál de ellas mandaba de mejor regalo, y se dice que ninguna de las colonias de América fue más fastuosa que el virreynato del Perú.
Cuando estaba listo el Chapín, se exhibía en la secretaría virreynal y allí  los donantes firmaban pergaminos que luego serían entregados en Madrid por una comisión especialmente designada por el virrey, a nombre de los vasallos del rey en "las Indias".  





Tuesday, August 27, 2013

Nuevo Descubrimiento Arqueológico en Perú

Encuentran una nueva tumba de una sacerdotisa de la cultura Moche en Chepén, Perú.
Del Diario Oficial El Peruano, les transcribo la información y también un video del el diario El Comercio.

Hallan tumba de sacerdotisa moche en Chepén
Un grupo de investigadores descubrió una imponente cámara funeraria en la que hace 1,200 años fueron enterrados los restos de una mujer que gobernó durante el período Moche Tardío B (750 u 800 después de Cristo), se informó esta semana.


El director del proyecto arqueológico San José de Moro, Luis Jaime Castillo, reveló que los arqueólogos y estudiantes que trabajan en diferentes unidades de excavación se toparon hace dos semanas y media con un relleno de tierra en forma de 'L' y un conjunto de adobes sueltos que serían la entrada principal de la cámara funeraria.

Descripción

Ese sector era un lugar dedicado al culto de los ancestros, en cuyo alrededor los súbditos mochicas dejaron múltiples evidencias, como cántaros de diferentes tamaño y cocinas para la elaboración de chicha, precisó. Castillo agregó que tras conocerse el hecho se dispuso intensificar los trabajos de extracción de cientos de toneladas de relleno que cubrían la cámara funeraria.

El viernes pasado, una de las jóvenes estudiantes de la Universidad de Harvard de Estados Unidos que trabajan en el proyecto empezó a desenterrar un pequeño ídolo de cerámica que fue depositado con los restos de un bebé. Posiblemente sería un sacrificio posterior al entierro principal.

Cifra
    
1,200
años de antigüedad se estima que tiene la monarca moche hallada en huaca de CHepén.


Publicado: 03/08/2013